Por María Luisa Sarli

Foto de National Geographic para fines didáticos

Los territorios aborígenes suelen ser en general de un valor ecológico excepcional. La mayoría de los aborígenes que habitan los bosques y selvas poseen enormes conocimientos de botánica y saben tanto acerca de los recursos naturales como de los diversos usos de esos recursos y para ello se valen de innumerables técnicas que desarrollaron a lo largo de muchas generaciones.
Sus conocimientos de plantas medicinales y fabricación de extractos vegetales han servido de mucha ayuda para la fabricación de productos farmacéuticos, pero pocas veces han recibido por ello su compensación. Por el contrario, sus economías de subsistencia son aniquiladas cada vez con mayor intensidad.
La mayoría de los pueblos aborígenes luchan por conseguir protección legal para conservar sus medios de subsistencia, y si no lo consiguen serán pocas las probabilidades de que su gente y su cultura sobrevivan.
Si bien algunos países están llevando a cabo programas de adjudicación de tierras a los pueblos aborígenes, no suelen hacerlo en concordancia con las necesidades reales de dichos pueblos.
Por ejemplo en los países de la cuenca amazónica, los pueblos aborígenes han sido siempre considerados como un obstáculo para el desarrollo. Hacia fines del siglo XX se han introducido en dichos países algunas normas jurídicas que les garantiza el derecho a la tierra, pero dichas normas jurídicas se basan en modelos occidentales donde la propiedad de la tierra es de carácter individual, lo cual genera muchos conflictos con las formas tradicionales aborígenes de uso de las tierras de manera comunal.
Para los aborígenes contar con amplios territorios es fundamental para la aplicación de sus tecnologías ancestrales que garantizaron siempre su subsistencia. Pero la enorme demanda de cada vez mayor cantidad de tierras para explotar sus recursos constituyen para ellos una seria amenaza y la consiguiente ruina de su cultura tradicional.