Por María Luisa Sarli
Foto de National Geographic para fines didácticos
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cada cinco segundos un niño muere de hambre en el mundo. Si hacemos cálculos, más de cinco millones de niños son los que mueren cada año debido a este fenómeno que suele presentarse bajo aspectos muy variables.
Quienes manejan las estadísticas quieren tranquilizarnos y nos dicen que entre los países de América Latina, la Argentina cuenta con el porcentaje más bajo de población subnutrida, algo así como un 2,5 %. Pero saber que uno de cada cinco niños argentinos -20 % de los niños del país- está desnutrido y 2 millones cien mil niños argentinos viven bajo la línea de la indigencia, indica que el panorama no es muy alentador. Cabe destacar que existe una diferencia entre ser pobre y ser indigente.
Desde una perspectiva económica, se consideran pobres a aquellas personas que no llegan a cubrir el valor de la canasta de alimentos básicos y de servicios básicos con su ingreso mensual, mientras que indigentes son aquellas personas que no cubren el valor de la canasta de alimentos básicos.
Los niños malnutridos o subalimentados no pueden crecer en el grado que les permitiría su capital genético, pues la malnutrición disminuye gravemente sus capacidades y, como consecuencia, sus posibilidades de aprendizaje y de comprensión son mucho menores. Los niños crecen con mayor rapidez durante los tres primeros años de sus vidas y, para el buen desarrollo de sus facultades mentales, necesitan, sobre todo durante ese período, de una gran cantidad y calidad de alimentos por cada kilogramo de peso corporal, además requieren que dichos alimentos estén preparados de manera que puedan ser digeridos fácilmente y su dieta debe ser más rica en proteínas, vitaminas y minerales que la de los adultos. Durante el período de transición de la lactancia y antes de ser capaces de digerir alimentos propios de los adultos, los niños son sumamente vulnerables.
La malnutrición se debe en gran parte a la pobreza, pero sus efectos suelen verse considerablemente agravados por las infecciones y contaminaciones debidas a la falta de cuidados e higiene, tanto en el medio ambiente como en el individuo. Según la FAO, organización a la cual le interesa hacer muy bien las cuentas, sólo a causa de enfermedades y muertes prematuras debidas a la desnutrición infantil, las naciones del Tercer Mundo tendrán en las próximas décadas pérdidas económicas de entre quinientos y mil millones de dólares.
Quizás conociendo estas cifras sobre las futuras pérdidas económicas, las naciones latinoamericanas, incluyendo la nuestra, tomarán conciencia y evitarán la vergonzosa pérdida de tantas vidas provocadas por el hambre.
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